jueves, agosto 03, 2006

La idiotez del rap

Para un oído entrenado en la técnica, historia y arte de la música, el rap, con todos los sub-géneros que de ahí se deriven, no son otra cosa que basura. Es una verdadera lástima que sea el tipo más popular de música en este tan importante presente. No sólo los beats son algo degradante, lo más vil y despreciable es aquello que los acompaña: las letras y lo que éstas representan.
Primero, el rap me parece un intento por buscar una cultura negra que nunca existió, ya que se ha erradicado gran parte del racismo por parte de la cultura que algunos tan pomposamente llaman blanca. El negro ha quedado solo, sin camino y con una vida sin sentido; es por eso que se han inventado una música, un estilo, una forma de hablar y demás tonterías agraviantes. No está bien juzgar, es cierto, porque nada se gana con hacerlo, pero tal vez un solo individuo llegue a comprender, además de mi persona, lo que esa cultura está tratando de hacer.
Está claro, que la cultura que he llamado negra, no tiene raices muy profundas, y que su intento infantil desesperado por ser escuchada está funcionando de maravilla, trastonrnando a todas las demás formas de vida que los hombres han ido adoptando. No puedo entender en qué cabeza cabe que está bien degradar la imagen de una mujer como se hace en los videos musicales de estos negros. Realmente es un insulto hacia toda mujer decente o indecente que se le muestre como un objeto fácil de comprar o adquirir. Vemos a estos imbéciles moviendo las manos como si estuvieran teniendo un ataque epiléptico y a grupos de mujeres bailando casi desnudas a su alrededor. No hay nada de malo en que se muestre el cuerpo desnudo o semi desnudeo de una mujer; pero sí es degradante verlas bailar en el contexto y al ritmo de esos insípidos beats.
Y lo que es peor, es que lo que dicen esas canciones no hacen otra cosa que engrandecer el ego de un pobre inculto infeliz perdido en una cultura vacía de la incultura. Un mono, un ser no pensante, que con su ira no es capaz de articular más de dos sílabas distintas en su pequeña creación.
Cuando una persona enciende la telepantalla en su telehogar, y la mantiene encendida viéndo cómo estos negros bailan con las futuras madres de otros negros, se está dando leña al fuego, se les está dando a entender que eso le gusta a la gente y por eso lo siguen haciendo, promoviendo y vendiendo. En el momento que un individuo pone de su dinero para comprar uno de sus productos asquerosos, se está promoviendo esa cultura pobre y sin raíz, en la que las ujeres van amarradas del cuello como mascotas que sólo son capaces de satisfacer los deseos sexuales de unos pobres infelices. Toda mujer que tolere esa clase de comportamiento por parte del hombre es una estúpida, está poniéndose por debajo del nivel del hombre, cuando sin ellas el hombre ni existiría.
Y la solución no es que las mujeres traigan a los hombres con correas, sino erradicar completa y totalmente hasta el más mínimos rastro de esa cultura en gestión, no con una guerra, porque la violencia no es necesaria en este caso. La manera en que se puede destruir esta degradación del género humano es ignorándola. No creo que no seamos capaces de cambiar el canal de la telepanalla cuando nos encontremos con algo así; tampoco creo imposible que al ver un cd de esos, lo ignoremos y no gastemos nuestro dinero en divulgar una cultura que sólo insulta a nuestras madres, a nuestras convicciones y deseos de vivir mejor.
Invito a todos los individuos que alcanzan a comprender lo que he escrito a que ignoren el rap y que así dejen de insultar a las divinas mujeres que por alguna extraña razón el destino encontró.

Oscar García Chávez

domingo, abril 09, 2006

Se ha mudado

Todo aquí ahora se va para www.muyaburrido.com

jueves, marzo 23, 2006

La cuádruple raíz del principio de quejarse lo suficiente

No sé si esto sea un chiste o no, pero mientras escribía algo serio surgió una tontería. Espero que les de risa y que le puedan encontrar la cuádruple raíz.

La cuádruple raíz del principio de quejarse lo suficiente.


-¡Ingas! –dobló los labios en un gesto de repugnancia, mostrando sus dientes amarillos y expandiendo al máximo sus fosas nasales. Sus ojos lo miraban con el ceño arrugado; pero eso no lo molestaba en absoluto. Ella debía quejarse, estaba en todo su derecho.
-¿Cuál es el problema, su Majestad? –articuló el lacayo con calma.
-¡Te echaste un pedo! ¡Cochino! –afrimó la reina, que al escuchar un extraño sonido, no pudo hacer otra cosa que culpar al sirviente.
-No lo lamento, su Majestad. Era algo que no podía evitar, usted quiere que yo esté aquí, cuidándola veinte horas al día. ¿Me cree sobrehumano?
-¡Te creo mi sirviente, imbécil! ¿Cómo te atreves a contestarme así? –dijo la divina regia al mismo tiempo que se levantaba del trono.
-¿Usted no caga? –preguntó el infeliz, mirándola directamente a los ojos con una cara de infinita curiosidad. Como si èl no supiera que la realeza también debe deshacerse de lo digerido.
-¡Guardías! ¡Llevense a este insolente de aquí! ¡No lo quiero volver a ver jamás! –manifestó su enojo a gritos y los guardas no tardaron en llevarse al criado por la puerta principal.

«Estos imbéciles jamás van a respetarme, son escoria» -pensó mientras expulsaban a aquel patán de su palacio. Volteó para todas partes del cuarto donde estaba y se aseguró de que no hubiera nadie. De pronto se escuchó un sonido majestuoso, inigualable y muy, pero muy desagradable. “Por eso me gusta ser la reina –dijo – porque puedo hacer cochinadas cuando quiera sin que nadie lo sepa.”

Una voz le sorprendió al decir: “¡Asquerosa mujerzuela! ¡Te me largas de aquí ahora mismo!”

-Pero, amor. ¿Tú no cagas? –cuestionó al rey con seriedad.
-¡Guardías! ¡Encierrenla con los marranos por una semana! –declaró el rey.

Y cuando hubieron salido del cuarto con su mujer, se sentó en el trono, cerró los ojos, pujó... y por tercera vez se repitió el deplorable ruido que había ocasionado ya tantos problemas en palacio.

-Por eso me gusta ser el rey – dijo.

lunes, marzo 20, 2006

La melancólica situación de un perverso animal


La melancólica situación de un perverso animal

¿Cómo hacer que un primate comprenda lo que es la ética? Lamentablemente es imposible, está por encima de su capacidad intelectual; es su estado natural. Existen hombres así, que solamente creen ser hombres, pero no saben que un error en su genética los hizo parecidos en imagen; no en pensamiento.

Esta clase de individuos suelen mofarse de todo lo que encuentran a su alrededor porque se han rendido a saber que jamás lo entenderán, han decidido no aceptar nada fuera de lo que está en su interior(lo que creen correcto). Que por cierto... no es algo que creen, sino que se lo implantaron sus padres, la televisión y el cura de la iglesia.

Intentar explicarle a esta especie las razones por la cuales algo se mueve es inútil. Sonreirían pensando: “Tonto”. Los ideales, estarán siempre por encima de su capacidad intelectual. Su limitado horizonte no va más allá de unos pocos metros, si acaso existe ese horizonte.

-Todos los que hacen algo están haciendo nada -piensa el grandísimo insolente. Por eso cuando ve a alguien haciendo algo llega a molestarlo, y le dice: “Lo que es tener nada que hacer” y mueve su cabeza con un gesto desaprobatorio. Bueno, tendría que explicar a manera de Kant lo que esa frase significa primero; porque él comprende algo distinto de lo que dice. No está en el acuerdo bilateral necesario para comprender lo que en realidad significa.

Y ahora cuando uno de ellos lea esto podrá pensar: “¡Tengo mi propia historia!” Sí, ínfulo primate, ahora la gente podrá vanagloriarte por ser todo lo que la esta espera que seas. Si hay algo en lo que eres mejor que lo demás es eso: la infinita capacidad que tienes para no ser tú.

Sea como fuere... ama a tu prójimo. Gracias por la atención, divino comediante. Que Dios te bendiga.

martes, marzo 07, 2006

Para las cacatúas...

"No he escrito para la multitud... Dejo una obra para los individuos pensantes, que a medida que pase el tiempo llegarán a ser raras excepciones. Sentirán lo mismo que yo, o experimentarán lo que siente el náugrafo en una isla desierta, que halla mayor consuelo en las huellas de un semejante que ha sufrido su misma suerte que en todas las cacatúas y macacos que encuentra en los árboles." Arthur Schopenhauer

lunes, marzo 06, 2006

Les regalo otra experiencia filosófica


Sócrates, a consecuencia de sus numerosas disputas, estuvo muchas veces expuesto a recibir golpes, que soportaba con tranquilidad; un día recibió una patada, la aceptó sin incomodarse, y dijo a uno que se extrañaba de eso: "Si un asno me hubiese pegado, ¿iría yo a pedirle satisfacciones?". Otra vez, como alguien le dijese: "Ese os combate; ¿no os injuria?" le respondió: "No, porque lo que dice no se aplica a mí."

viernes, marzo 03, 2006

Un preliminar a la filosofía

¿Qué es la filosofía?
Por de pronto es algo que el hombre hace.

Su estructura verbal: -philo- y -sofía-, que significan "amor a la sabiduría".

Ese es un significado primitivo, inmediatamente para a tener otro significado: significa la sabiduría misma.

Y aquí nos encontramos ya con el primer problema: Si la filosofía es el saber, ¿qué clase de saber es el saber filosófico?

Hay muchas clases de saber: hay el saber que tenemos todos, sin haber aprendido ni reflexionado sobre nada; y hay otro saber, que es el que adquirimos cuando lo buscamos.

Esta duplicidad de sentido en la palabra "saber" responde a la distinción entre la simple opinión y el conocimiento bien fundado racionalmente.

--Sé que no respondí la pregunta, pero les acabo de regalar una vivencia filosófica, ahora tienen un poquito de expreciencia en el tema. --
"Es absolutamente imposible decir de antemano qué es filosofía. No se puede definir filosofía antes de hacerla." Manuel García Morente

miércoles, marzo 01, 2006

Pensamientos sobre La autopista del Sur

La autopista del Sur – de Julio Cortázar

Gli automobilisti accaldati sembrano nom avere storia… Come realtà, un ingorgo automobilistico impressiona ma non ci dice gran che.
Arrigo Benedetti “L’Espresso”,Roma, 21/6/1964

Al principio la muchacha del Dauphine había insistido en llevar la cuenta del tiempo, aunque al ingeniero del Peugeot 404 le daba ya lo mismo. Cualquiera podía mirar su reloj pero era como si ese tiempo atado a la muñeca derecha o el bip bip de la radio midieran otra cosa, fuera el tiempo de los que no han hecho la estupidez de querer regresar a París por la autopista del sur un domingo de tarde y, apenas salidos de Fontainbleau, han tenido que ponerse al paso, detenerse, seis filas a cada lado (ya se sabe que los domingos la autopista está íntegramente reservada a los que regresan a la capital), poner en marcha el motor, avanzar tres metros, detenerse, charlar con las dos monjas del 2HP a la derecha, con la muchacha del Dauphine a la izquierda, mirar por retrovisor al hombre pálido que conduce un Caravelle, envidiar irónicamente la felicidad avícola del matrimonio del Peugeot 203 (detrás del Dauphine de la muchacha) que juega con su niñita y hace bromas y come queso, o sufrir de a ratos los desbordes exasperados de los dos jovencitos del Simca que precede al Peugeot 404, y hasta bajarse en los altos y explorar sin alejarse mucho (porque nunca se sabe en qué momento los autos de más adelante reanudarán la marcha y habrá que correr para que los de atrás no inicien la guerra de las bocinas y los insultos), y así llegar a la altura de un Taunus delante del Dauphine de la muchacha que mira a cada momento la hora, y cambiar unas frases descorazonadas o burlonas con los hombres que viajan con el niño rubio cuya inmensa diversión en esas precisas circunstancias consiste en hacer correr libremente su autito de juguete sobre los asientos y el reborde posterior del Taunus, o atreverse y avanzar todavía un poco más, puesto que no parece que los autos de adelante vayan a reanudar la marcha, y contemplar con alguna lástima al matrimonio de ancianos en el ID Citroën que parece una gigantesca bañadera violeta donde sobrenadan los dos viejitos, él descansando los antebrazos en el volante con un aire de paciente fatiga, ella mordisqueando una manzana con más aplicación que ganas.A la cuarta vez de encontrarse con todo eso, de hacer todo eso, el ingeniero había decidido no salir más de su coche, a la espera de que la policía disolviese de alguna manera el embotellamiento. El calor de agosto se sumaba a ese tiempo a ras de neumáticos para que la inmovilidad fuese cada vez más enervante. Todo era olor a gasolina, gritos destemplados de los jovencitos del Simca, brillo del sol rebotando en los cristales y en los bordes cromados, y para colmo sensación contradictoria del encierro en plena selva de máquinas pensadas para correr. El 404 del ingeniero ocupa el segundo lugar de la pista de la derecha contando desde la franja divisoria de las dos pistas, con lo cual tenía otros cuatro autos a su derecha y siete a su izquierda, aunque de hecho sólo pudiera ver distintamente los ocho coches que lo rodeaban y sus ocupantes que ya había detallado hasta cansarse. Había charlado con todos, salvo con los muchachos del Simca que caían antipáticos; entre trecho y trecho se había discutido la situación en sus menores detalles, y la impresión general era que hasta Corbeil-Essones se avanzaría al paso o poco menos, pero que entre Corbeil y Juvisy el ritmo iría acelerándose una vez que los helicópteros y los motociclistas lograran quebrar lo peor del embotellamiento. A nadie le cabía duda de que algún accidente muy grave debía haberse producido en la zona, única explicación de una lentitud tan increíble. Y con eso el gobierno, el calor, los impuestos, la vialidad, un tópico tras otro, tres metros, otro lugar común, cinco metros, una frase sentenciosa o una maldición contenida.A las dos monjitas del 2HP les hubiera convenido tanto llegar a Milly-la-Fôret antes de las ocho, pues llevaban una cesta de hortalizas para la cocinera. Al matrimonio del Peugeot 203 le importaba sobre todo no perder los juegos televisados de las nueve y media; la muchacha del Dauphine le había dicho al ingeniero que le daba lo mismo llegar más tarde a París pero que se quejaba por principio, porque le parecía un atropello someter a millares de personas a un régimen de caravana de camellos. En esas últimas horas (debían ser casi las cinco pero el calor los hostigaba insoportablemente) habían avanzado unos cincuenta metros a juicio del ingeniero, aunque uno de los hombres del Taunus que se había acercado a charlar llevando de la mano al niño con su autito, mostró irónicamente la copa de un plátano solitario y la muchacha del Dauphine recordó que ese plátano (si no era un castaño) había estado en la misma línea que su auto durante tanto tiempo que ya ni valía la pena mirar el reloj pulsera para perderse en cálculos inútiles.No atardecía nunca, la vibración del sol sobre la pista y las carrocerías dilataba el vértigo hasta la náusea. Los anteojos negros, los pañuelos con agua de colonia en la cabeza, los recursos improvisados para protegerse, para evitar un reflejo chirriante o las bocanadas de los caños de escape a cada avance, se organizaban y perfeccionaban, eran objeto de comunicación y comentario. El ingeniero bajó otra vez para estirar las piernas, cambió unas palabras con la pareja de aire campesino del Ariane que precedía al 2HP de las monjas. Detrás del 2HP había un Volkswagen con un soldado y una muchacha que parecían recién casados. La tercera fila hacia el exterior dejaba de interesarle porque hubiera tenido que alejarse peligrosamente del 404; veía colores, formas, Mercedes Benz, ID, 4R, Lancia, Skoda, Morris Minor, el catálogo completo. A la izquierda, sobre la pista opuesta, se tendía otra maleza inalcanzable de Renault, Anglia, Peugeot, Porsche, Volvo; era tan monótono que al final, después de charlar con los dos hombres del Taunus y de intentar sin éxito un cambio de impresiones con el solitario conductor del Caravelle, no quedaba nada mejor que volver al 404 y reanudar la misma conversación sobre la hora, las distancias y el cine con la muchacha del Dauphine.A veces llegaba un extranjero, alguien que se deslizaba entre los autos viniendo desde el otro lado de la pista o desde la filas exteriores de la derecha, y que traía alguna noticia probablemente falsa repetida de auto en auto a lo largo de calientes kilómetros. El extranjero saboreaba el éxito de sus novedades, los golpes de las portezuelas cuando los pasajeros se precipitaban para comentar lo sucedido, pero al cabo de un rato se oía alguna bocina o el arranque de un motor, y el extranjero salía corriendo, se lo veía zigzaguear entre los autos para reintegrase al suyo y no quedar expuesto a la justa cólera de los demás. A lo largo de la tarde se había sabido así del choque de un Floride contra un 2HP cerca de Corbeil, tres muertos y un niño herido, el doble choque de un Fiat 1500 contra un furgón Renault que había aplastado un Austin lleno de turistas ingleses, el vuelco de un autocar de Orly colmado de pasajeros procedentes del avión de Copenhague. El ingeniero estaba seguro de que todo o casi todo era falso, aunque algo grave debía haber ocurrido cerca de Corbeil e incluso en las proximidades de París para que la circulación se hubiera paralizado hasta ese punto. Los campesinos del Ariane, que tenían una granja del lado de Montereau y conocían bien la región, contaban con otro domingo en que el tránsito había estado detenido durante cinco horas, pero ese tiempo empezaba a parecer casi nimio ahora que el sol, acostándose hacia la izquierda de la ruta, volcaba en cada auto una última avalancha de jalea anaranjada que hacía hervir los metales y ofuscaba la vista, sin que jamás una copa de árbol desapareciera del todo a la espalda, sin que otra sombra apenas entrevista a la distancia se acercara como para poder sentir de verdad que la columna se estaba moviendo aunque fuera apenas, aunque hubiera que detenerse y arrancar y bruscamente clavar el freno y no salir nunca de la primera velocidad, del desencanto insultante de pasar una vez más de la primera al punto muerto, freno de pie, freno de mano, stop, y así otra vez y otra vez y otra.En algún momento, harto de inacción, el ingeniero se había decidido a aprovechar un alto especialmente interminable para recorrer las filas de la izquierda, y dejando a su espalda el Dauphine había encontrado un DKW, otro 2HP, un Fiat 600, y se había detenido junto a un De Soto para cambiar impresiones con el azorado turista de Washington que no entendía casi el francés pero que tenía que estar a las ocho en la Place de l’Opéra sin falta you understand, my wife will be awfully anxious, damn it, y se hablaba un poco de todo cuando un hombre con aire de viajante de comercio salió del DKW para contarles que alguien había llegado un rato antes con la noticia de que un Piper Club se había estrellado en plena autopista, varios muertos. Al americano el Piper Club lo tenía profundamente sin cuidado, y también al ingeniero que oyó un coro de bocinas y se apresuró a regresar al 404, transmitiendo de paso las novedades a los dos hombres del Taunus y al matrimonio del 203. Reservó una explicación más detallada para la muchacha del Dauphine mientras los coches avanzaban lentamente unos pocos metros (ahora el Dauphine estaba ligeramente retrasado con relación al 404, y más tarde sería al revés, pero de hecho las doce filas se movían prácticamente en bloque, como si un gendarme invisible en el fondo de la autopista ordenara el avance simultáneo sin que nadie pudiese obtener ventajas). Piper Club, señorita, es un pequeño avión de paseo. Ah. Y la mala idea de estrellarse en plena autopista un domingo de tarde. Esas cosas. Si por lo menos hiciera menos calor en los condenados autos, si esos árboles de la derecha quedaran por fin a la espalda, si la última cifra del cuentakilómetros acabara de caer en su agujerito negro en vez de seguir suspendida por la cola, interminablemente.En algún momento (suavemente empezaba a anochecer, el horizonte de techos de automóviles se teñía de lila) una gran mariposa blanca se posó en el parabrisas del Dauphine, y la muchacha y el ingeniero admiraron sus alas en la breve y perfecta suspensión de su reposo; la vieron alejarse con una exasperada nostalgia, sobrevolar el Taunus, el ID violeta de los ancianos, ir hacia el Fiat 600 ya invisible desde el 404, regresar hacia el Simca donde una mano cazadora trató inútilmente de atraparla, aletear amablemente sobre el Ariane de los campesinos que parecían estar comiendo alguna cosa, y perderse después hacia la derecha. Al anochecer la columna hizo un primer avance importante, de casi cuarenta metros; cuando el ingeniero miró distraídamente el cuentakilómetros, la mitad del 6 había desaparecido y un asomo del 7 empezaba a descolgarse de lo alto. Casi todo el mundo escuchaba sus radios, los del Simca la habían puesto a todo trapo y coreaban un twist con sacudidas que hacían vibrar la carrocería; las monjas pasaban las cuentas de sus rosarios, el niño del Taunus se había dormido con la cara pegada a un cristal, sin soltar el auto de juguete. En algún momento (ya era noche cerrada) llegaron extranjeros con más noticias, tan contradictorias como las otras ya olvidadas, No había sido un Piper Club sino un planeador piloteado por la hija de un general. Era exacto que un furgón Renault había aplastado un Austin, pero no en Juvisy sino casi en las puertas de París; uno de los extranjeros explicó al matrimonio del 203 que el macadam de la autopista había cedido a la altura de Igny y que cinco autos habían volcado al meter las ruedas delanteras en la grieta. La idea de una catástrofe natural se propagó hasta el ingeniero, que se encogió de hombros sin hacer comentarios. Más tarde, pensando en esas primeras horas de oscuridad en que habían respirado un poco más libremente, recordó que en algún momento había sacado el brazo por la ventanilla para tamborilear en la carrocería del Dauphine y despertar a la muchacha que se había dormido reclinada sobre el volante, sin preocuparse de un nuevo avance. Quizá ya era medianoche cuando una de las monjas le ofreció tímidamente un sándwich de jamón, suponiendo que tendría hambre. El ingeniero lo aceptó por cortesía (en realidad sentía náuseas) y pidió permiso para dividirlo con la muchacha del Dauphine, que aceptó y comió golosamente el sándwich y la tableta de chocolate que le había pasado el viajante del DKW, su vecino de la izquierda. Mucha gente había salido de los autos recalentados, porque otra vez llevaban horas sin avanzar; se empezaba a sentir sed, ya agotadas las botellas de limonada, la coca-cola y hasta los vinos de a bordo. La primera en quejarse fue la niña del 203, y el soldado y el ingeniero abandonaron los autos junto con el padre de la niña para buscar agua. Delante del Simca, donde la radio parecía suficiente alimento, el ingeniero encontró un Beaulieu ocupado por una mujer madura de ojos inquietos. No, no tenía agua pero podía darle unos caramelos para la niña. El matrimonio del ID se consultó un momento antes de que la anciana metiera las manos en un bolso y sacara una pequeña lata de jugo de frutas. El ingeniero agradeció y quiso saber si tenían hambre y si podía serles útil; el viejo movió negativamente la cabeza, pero la mujer pareció asentir sin palabras. Más tarde la muchacha del Dauphine y el ingeniero exploraron juntos las filas de la izquierda, sin alejarse demasiado; volvieron con algunos bizcochos y los llevaron a la anciana del ID, con el tiempo justo para regresar corriendo a sus autos bajo una lluvia de bocinas.Aparte de esas mínimas salidas, era tan poco lo que podía hacerse que las horas acababan por superponerse, por ser siempre la misma en el recuerdo; en algún momento el ingeniero pensó en tachar ese día en su agenda y contuvo una risotada, pero más adelante, cuando empezaron los cálculos contradictorios de las monjas, los hombres del Taunus y la muchacha del Dauphine, se vio que hubiera convenido llevar mejor la cuenta. Las diarios locales habían suspendido las emisiones, y sólo el viajante del DKW tenía un aparato de ondas cortas que se empeñaba en transmitir noticias bursátiles.. Hacia las tres de la madrugada pareció llegarse a un acuerdo tácito para descansar, y hasta el amanecer la columna no se movió. Los muchachos del Simca sacaron unas camas neumáticas y se tendieron al lado del auto; el ingeniero bajó el respaldo de los asientos delanteros del 404 y ofreció las cuchetas a las monjas, que rehusaron; antes de acostarse un rato, el ingeniero pensó en la muchacha del Dauphine, muy quieta contra el volante, y como sin darle importancia le propuso que cambiaran de autos hasta el amanecer; ella se negó, alegando que podía dormir muy bien de cualquier manera. Durante un rato se oyó llorar al niño del Taunus, acostado en el asiento trasero donde debía tener demasiado calor. Las monjas rezaban todavía cuando el ingeniero se dejó caer en la cucheta y se fue quedando dormido, pero su sueño seguía demasiado cerca de la vigilia y acabó por despertarse sudoroso e inquieto, sin comprender en un primer momento dónde estaba; enderezándose, empezó a percibir los confusos movimientos del exterior, un deslizarse de sombras entre los autos, y vio un bulto que se alejaba hacia el borde de la autopista; adivinó las razones, y más tarde también él salió del auto sin hacer ruido y fue a aliviarse al borde de la ruta; no había setos ni árboles, solamente el campo negro y sin estrellas, algo que parecía un muro abstracto limitando la cinta blanca del macadam con su río inmóvil de vehículos, Casi tropezó con el campesino del Ariane, que balbuceó una frase ininteligible; al olor de la gasolina, persistente en la autopista recalentada, se sumaba ahora la presencia más ácida del hombre, y el ingeniero volvió lo antes posible a su auto. La chica del Dauphine dormía apoyada sobre el volante, un mechón de pelo contra los ojos; antes de subir al 404, el ingeniero se divirtió explorando en la sombra su perfil, adivinando la curva de los labios que soplaban suavemente. Del otro lado, el hombre del DKW miraba también dormir a la muchacha, fumando en silencio.Por la mañana se avanzó muy poco pero lo bastante como para darles la esperanza de que esa tarde se abriría la ruta hacia París. A las nueve llegó un extranjero con buenas noticias: habían rellenado las grietas y pronto se podría circular normalmente. Los muchachos del Simca encendieron la radio y uno de ellos trepó al techo del auto y gritó y cantó. El ingeniero se dijo que la noticia era tan dudosa como las de la víspera, y que el extranjero había aprovechado la alegría del grupo para pedir y obtener una naranja que le dio el matrimonio del Ariane. Más tarde llegó otro extranjero con la misma treta, pero nadie quiso darle nada. El calor empezaba a subir y la gente prefería quedarse en los autos a la espera de que se concretaran las buenas noticias. A mediodía la niña del 203 empezó a llorar otra vez, y la muchacha del Dauphine fue a jugar con ella y se hizo amiga del matrimonio. Los del 203 no tenían suerte; a su derecha estaba el hombre silencioso del Caravelle, ajeno a todo lo que ocurría en torno, y a su izquierda tenían que aguantar la verbosa indignación del conductor de un Floride, para quien el embotellamiento era una afrenta exclusivamente personal. Cuando la niña volvió a quejarse de sed, al ingeniero se le ocurrió ir a hablar con los campesinos del Ariane, seguro de que en ese auto había cantidad de provisiones. Para su sorpresa los campesinos se mostraron muy amables; comprendían que en una situación semejante era necesario ayudarse, y pensaban que si alguien se encargaba de dirigir el grupo (la mujer hacía un gesto circular con la mano, abarcando la docena de autos que los rodeaba) no se pasarían apreturas hasta llegar a Paría. Al ingeniero lo molestaba la idea de erigirse en organizador, y prefirió llamar a los hombres del Taunus para conferenciar con ellos y con el matrimonio del Ariane. Un rato después consultaron sucesivamente a todos los del grupo. El joven soldado del Volkswagen estuvo inmediatamente de acuerdo, y el matrimonio del 203 ofreció las pocas provisiones que les quedaban (la muchacha del Dauphine había conseguido un vaso de granadina con agua para la niña, que reía y jugaba). Uno de los hombres del Taunus, que había ido a consultar a los muchachos del Simca, obtuvo un asentimiento burlón; el hombre pálido del Caravelle se encogió de hombros y dijo que le daba lo mismo, que hicieran lo que les pareciese mejor. Los ancianos del ID y la señora del Beaulieu se mostraron visiblemente contentos, como si se sintieran más protegidos. Los pilotos del Floride y del DKW no hicieron observaciones, y el americano del De Soto los miró asombrado y dijo algo sobre la voluntad de Dios. Al ingeniero le resultó fácil proponer que uno de los ocupantes del Taunus, en que tenía una confianza instintiva, se encargará de coordinar las actividades. A nadie le faltaría de comer por el momento, pero era necesario conseguir agua; el jefe, al que los muchachos del Simca llamaban Taunus a secas para divertirse, pidió al ingeniero, al soldado y a uno de los muchachos que exploraran la zona circundante de la autopista y ofrecieran alimentos a cambio de bebidas. Taunus, que evidentemente sabía mandar, había calculado que deberían cubrirse las necesidades de un día y medio como máximo, poniéndose en la posición menos optimista. En el 2HP de las monjas y en el Ariane de los campesinos había provisiones suficientes para ese tiempo, y si los exploradores volvían con agua el problema quedaría resuelto. Pero solamente el soldado regresó con una cantimplora llena, cuyo dueño exigía en cambio comida para dos personas. El ingeniero no encontró a nadie que pudiera ofrecer agua, pero el viaje le sirvió para advertir que más allá de su grupo se estaban constituyendo otras células con problemas semejantes; en un momento dado el ocupante de un Alfa Romeo se negó a hablar con él del asunto, y le dijo que se dirigiera al representante de su grupo, cinco autos atrás en la misma fila. Más tarde vieron volver al muchacho del Simca que no había podido conseguir agua, pero Taunus calculó que ya tenían bastante para los dos niños, la anciana del ID y el resto de las mujeres. El ingeniero le estaba contando a la muchacha del Dauphine su circuito por la periferia (era la una de la tarde, y el sol los acorralaba en los autos) cuando ella lo interrumpió con un gesto y le señaló el Simca. En dos saltos el ingeniero llegó hasta el auto y sujetó por el codo a uno de los muchachos, que se repantigaba en su asiento para beber a grandes tragos de la cantimplora que había traído escondida en la chaqueta. A su gesto iracundo, el ingeniero respondió aumentando la presión en el brazo; el otro muchacho bajó del auto y se tiró sobre el ingeniero, que dio dos pasos atrás y lo esperó casi con lástima. El soldado ya venía corriendo, y los gritos de las monjas alertaron a Taunus y a su compañero; Taunus escuchó lo sucedido, se acercó al muchacho de la botella y le dio un par de bofetadas. El muchacho gritó y protestó, lloriqueando, mientras el otro rezongaba sin atreverse a intervenir. El ingeniero le quitó la botella y se la alcanzó a Taunus. Empezaban a sonar bocinas y cada cual regresó a su auto, por lo demás inútilmente puesto que la columna avanzó apenas cinco metros.A la hora de la siesta, bajo un sol todavía más duro que la víspera, una de las monjas se quitó la toca y su compañera le mojó las sienes con agua de colonia. Las mujeres improvisaban de a poco sus actividades samaritanas, yendo de un auto a otro, ocupándose de los niños para que los hombres estuvieran más libres: nadie se quejaba pero el buen humor era forzado, se basaba siempre en los mismos juegos de palabras, en un escepticismo de buen tono. Para el ingeniero y la muchacha del Dauphine, sentirse sudorosos y sucios era la vejación más grande; lo enternecía casi la rotunda indiferencia del matrimonio de campesinos al olor que les brotaba de las axilas cada vez que venían a charlar con ellos o a repetir alguna noticia de último momento. Hacia el atardecer el ingeniero miró casualmente por el retrovisor y encontró como siempre la cara pálida y de rasgos tensos del hombre del Caravelle, que al igual que el gordo piloto del Floride se había mantenido ajeno a todas las actividades. Le pareció que sus facciones se habían afilado todavía más, y se preguntó si no estaría enfermo. Pero después, cuando al ir a charlar con el soldado y su mujer tuvo ocasión de mirarlo desde más cerca, se dijo que ese hombre no estaba enfermo; era otra cosa, una separación, por darle algún nombre. El soldado del Volkswagen le contó más tarde que a su mujer le daba miedo ese hombre silencioso que no se apartaba jamás del volante y que parecía dormir despierto. Nacían hipótesis, se creaba un folklore para luchar contra la inacción. Los niños del Taunus y el 203 se habían hecho amigos y se habían peleado y luego se habían reconciliado; sus padres se visitaban, y la muchacha del Dauphine iba cada tanto a ver cómo se sentían la anciana del ID y la señora del Beaulieu. Cuando al atardecer soplaron bruscamente una ráfagas tormentosas y el sol se perdió entre las nubes que se alzaban al oeste, la gente se alegró pensando que iba a refrescar. Cayeron algunas gotas, coincidiendo con un avance extraordinario de casi cien metros; a lo lejos brilló un relámpago y el calor subió todavía más. Había tanta electricidad en la atmósfera que Taunus, con un instinto que el ingeniero admiró sin comentarios, dejó al grupo en paz hasta la noche, como si temiera los efectos del cansancio y el calor. A las ocho las mujeres se encargaron de distribuir las provisiones; se había decidido que el Ariane de los campesinos sería el almacén general, y que el 2HP de las monjas serviría de depósito suplementario. Taunus había ido en persona a hablar con los jefes de los cuatro o cinco grupos vecinos; después, con ayuda del soldado y el hombre del 203, llevó una cantidad de alimentos a los grupos, regresando con más agua y un poco de vino. Se decidió que los muchachos del Simca cederían sus colchones neumáticos a la anciana del ID y a la señora del Beaulieu; la muchacha del Dauphine les llevó dos mantas escocesas y el ingeniero ofreció su coche, que llamaba burlonamente el wagon-lit, a quienes lo necesitaran. Para su sorpresa, la muchacha del Dauphine aceptó el ofrecimiento y esa noche compartió las cuchetas del 404 con una de las monjas; la otra fue a dormir al 203 junto a la niña y su madre, mientras el marido pasaba la noche sobre el macadam, envuelto en una frazada. El ingeniero no tenía sueño y jugó a los dados con Taunus y su amigo; en algún momento se les agregó el campesino del Ariane y hablaron de política bebiendo unos tragos del aguardiente que el campesino había entregado a Taunus esa mañana. La noche no fue mala; había refrescado y brillaban algunas estrellas entre las nubes.Hacia el amanecer los ganó el sueño, esa necesidad de estar a cubierto que nacía con la grisalla del alba. Mientras Taunus dormía junto al niño en el asiento trasero, su amigo y el ingeniero descansaron un rato en la delantera. Entre dos imágenes de sueño, el ingeniero creyó oír gritos a la distancia y vio un resplandor indistinto; el jefe de otro grupo vino a decirles que treinta autos más adelante había habido un principio de incendio en un Estafette, provocado por alguien que había querido hervir clandestinamente unas legumbres. Taunus bromeó sobre lo sucedido mientras iba de auto en auto para ver cómo habían pasado todos la noche, pero a nadie se le escapó lo que quería decir. Esa mañana la columna empezó a moverse muy temprano y hubo que correr y agitarse para recuperar los colchones y las mantas, pero como en todas partes debía estar sucediendo lo mismo nadie se impacientaba ni hacía sonar las bocinas. A mediodía habían avanzado más de cincuenta metros, y empezaba a divisarse la sombra de un bosque a la derecha de la ruta. Se envidiaba la suerte de los que en ese momento podían ir hasta la banquina y aprovechar la frescura de la sombra; quizá había un arroyo, o un grifo de agua potable. La muchacha del Dauphine cerró los ojos y pensó en una ducha cayéndole por el cuello y la espalda, corriéndole por las piernas; el ingeniero, que la miraba de reojo, vio dos lágrimas que le resbalaban por las mejillas.Taunus, que acababa de adelantarse hasta el ID, vino a buscar a las mujeres más jóvenes para que atendieran a la anciana que no se sentía bien. El jefe del tercer grupo a retaguardia contaba con un médico entre sus hombres, y el soldado corrió a buscarlo. Al ingeniero, que había seguido con irónica benevolencia los esfuerzos de los muchachitos del Simca para hacerse perdonar su travesura, entendió que era el momento de darles su oportunidad. Con los elementos de una tienda de campaña los muchachos cubrieron la ventanilla del 404, y el wagon-lit se transformó en ambulancia para que la anciana descansara en una oscuridad relativa. Su marido se tendió a su lado, teniéndole la mano, y los dejaron solos con el médico. Después las monjas se ocuparon de la anciana, que se sentía mejor, y el ingeniero pasó la tarde como pudo, visitando otros autos y descansando en el de Taunus cuando el sol castigaba demasiado; sólo tres veces le tocó correr hasta su auto, donde los viejitos parecían dormir, para hacerlo avanzar junto con la columna hasta el alto siguiente. Los ganó la noche sin que hubiesen llegado a la altura del bosque.Hacia las dos de la madrugada bajó la temperatura, y los que tenían mantas se alegraron de poder envolverse en ellas. Como la columna no se movería hasta el alba (era algo que se sentía en el aire, que venía desde el horizonte de autos inmóviles en la noche) el ingeniero y Taunus se sentaron a fumar y a charlar con el campesino del Ariane y el soldado. Los cálculos de Taunus no correspondían ya a la realidad, y lo dijo francamente; por la mañana habría que hacer algo para conseguir más provisiones y bebidas. El soldado fue a buscar a los jefes de los grupos vecinos, que tampoco dormían, y se discutió el problema en voz baja para no despertar a las mujeres. Los jefes habían hablado con los responsables de los grupos más alejados, en un radio de ochenta o cien automóviles, y tenían la seguridad de que la situación era análoga en todas partes. El campesino conocía bien la región y propuso que dos o tres hombres de cada grupo saliera al alba para comprar provisiones en las granjas cercanas, mientras Taunus se ocupaba de designar pilotos para los autos que quedaran sin dueño durante la expedición. La idea era buena y no resultó difícil reunir dinero entre los asistentes; se decidió que el campesino, el soldado y el amigo de Taunus irían juntos y llevarían todas las bolsas, redes y cantimploras disponibles. Los jefes de los otros grupos volvieron a sus unidades para organizar expediciones similares, y al amanecer se explicó la situación a las mujeres y se hizo lo necesario para que la columna pudiera seguir avanzando. La muchacha del Dauphine le dijo al ingeniero que la anciana ya estaba mejor y que insistía en volver a su ID; a las ocho llegó el médico, que no vio inconvenientes en que el matrimonio regresara a su auto. De todos modos, Taunus decidió que el 404 quedaría habilitado permanentemente como ambulancia; los muchachos, para divertirse, fabricaron un banderín con una cruz roja y lo fijaron en la antena del auto. Hacía ya rato que la gente prefería salir lo menos posible de sus coches; la temperatura seguía bajando y a mediodía empezaron los chaparrones y se vieron relámpagos a la distancia. La mujer del campesino se apresuró a recoger agua con un embudo y una jarra de plástico, para especial regocijo de los muchachos del Simca. Mirando todo eso, inclinado sobre el volante donde había un libro abierto que no le interesaba demasiado, el ingeniero se preguntó por qué los expedicionarios tardaban tanto en regresar; más tarde Taunus lo llamó discretamente a su auto y cuando estuvieron dentro le dijo que habían fracasado. El amigo de Taunus dio detalles: las granjas estaban abandonadas o la gente se negaba a venderles nada, aduciendo las reglamentaciones sobre ventas a particulares y sospechando que podían ser inspectores que se valían de las circunstancias para ponerlos a prueba. A pesar de todo habían podido traer una pequeña cantidad de agua y algunas provisiones, quizá robadas por el soldado que sonreía sin entrar en detalles. Desde luego ya no se podía pasar mucho tiempo sin que cesara el embotellamiento, pero los alimentos de que se disponía no eran los más adecuados para los dos niños y la anciana. El médico, que vino hacia las cuatro y media para ver a la enferma, hizo un gesto de exasperación y cansancio y dijo a Taunus que en su grupo y en todos los grupos vecinos pasaba lo mismo. Por la radio se había hablado de una operación de emergencia para despejar la autopista, pero aparte de un helicóptero que apareció brevemente al anochecer no se vieron otros aprestos. De todas maneras hacía cada vez menos calor, y la gente parecía esperar la llegada de la noche para taparse con las mantas y abolir en el sueño algunas horas más de espera. Desde su auto el ingeniero escuchaba la charla de la muchacha del Dauphine con el viajante del DKW, que le contaba cuentos y la hacía reír sin ganas. Lo sorprendió ver a la señora del Beaulieu que casi nunca abandonaba su auto, y bajó para saber si necesitaba alguna cosa, pero la señora buscaba solamente las últimas noticias y se puso a hablar con las monjas. Un hastío sin nombre pesaba sobre ellos al anochecer; se esperaba más del sueño que de las noticias siempre contradictorias o desmentidas. El amigo de Taunus llegó discretamente a buscar al ingeniero, al soldado y al hombre del 203. Taunus les anunció que el tripulante del Floride acababa de desertar; uno de los muchachos del Simca había visto el coche vacío, y después de un rato se había puesto a buscar a su dueño para matar el tedio. Nadie conocía mucho al hombre gordo del Floride, que tanto había protestado el primer día aunque después acabara de quedarse tan callado como el piloto del Caravelle.. Cuando a las cinco de la mañana no quedó la menor duda de que Floride, como se divertían en llamarlo los chicos del Simca, había desertado llevándose un valija de mano y abandonando otra llena de camisas y ropa interior, Taunus decidió que uno de los muchachos se haría cargo del auto abandonado para no inmovilizar la columna. A todos los había fastidiado vagamente esa deserción en la oscuridad, y se preguntaban hasta dónde habría podido llegar Floride en su fuga a través de los campos. Por lo demás parecía ser la noche de las grandes decisiones: tendido en su cucheta del 404, al ingeniero le pareció oír un quejido, pero pensó que el soldado y su mujer serían responsables de algo que, después de todo, resultaba comprensible en plena noche y en esas circunstancias. Después lo pensó mejor y levantó la lona que cubría la ventanilla trasera; a la luz de unas pocas estrellas vio a un metro y medio el eterno parabrisas del Caravelle y detrás, como pegada al vidrio y un poco ladeada, la cara convulsa del hombre. Sin hacer ruido salió por el lado izquierdo para no despertar a la monjas, y se acercó al Caravelle. Después buscó a Taunus, y el soldado corrió a prevenir al médico. Desde luego el hombre se había suicidado tomando algún veneno; las líneas a lápiz en la agenda bastaban, y la carta dirigida a una tal Ivette, alguien que lo había abandonado en Vierzon. Por suerte la costumbre de dormir en los autos estaba bien establecida (las noches eran ya tan frías que a nadie se le hubiera ocurrido quedarse fuera) y a pocos les preocupaba que otros anduvieran entre los coches y se deslizaran hacia los bordes de la autopista para aliviarse. Taunus llamó a un consejo de guerra, y el médico estuvo de acuerdo con su propuesta. Dejar el cadáver al borde de la autopista significaba someter a los que venían más atrás a una sorpresa por lo menos penosa: llevarlo más lejos, en pleno campo, podía provocar la violenta repulsa de los lugareños, que la noche anterior habían amenazado y golpeado a un muchacho de otro grupo que buscaba de comer. El campesino del Ariane y el viajante del DKW tenían lo necesario para cerrar herméticamente el portaequipaje del Caravelle. Cuando empezaban su trabajo se les agregó la muchacha del Dauphine, que se colgó temblando del brazo del ingeniero. Él le explicó en voz baja lo que acababa de ocurrir y la devolvió a su auto, ya más tranquila. Taunus y sus hombres habían metido el cuerpo en el portaequipajes, y el viajante trabajó con scotch tape y tubos de cola líquida a la luz de la linterna del soldado. Como la mujer del 203 sabía conducir, Taunus resolvió que su marido se haría cargo del Caravelle que quedaba a la derecha del 203; así, por la mañana, la niña del 203 descubrió que su papá tenía otro auto, y jugó horas y horas a pasar de uno a otro y a instalar parte de sus juguetes en el Caravelle.Por primera vez el frío se hacía sentir en pleno día, y nadie pensaba en quitarse las chaquetas. La muchacha del Dauphine y las monjas hicieron el inventario de los abrigos disponibles en el grupo. Había unos pocos pulóveres que aparecían por casualidad en los autos o en alguna valija, mantas, alguna gabardina o abrigo ligero. Otra vez volvía a faltar el agua, y Taunus envió a tres de sus hombres, entre ellos el ingeniero, para que trataran de establecer contacto con los lugareños. Sin que pudiera saberse por qué, la resistencia exterior era total; bastaba salir del límite de la autopista para que desde cualquier sitio llovieran piedras. En plena noche alguien tiró una guadaña que golpeó el techo del DKW y cayó al lado del Dauphine. El viajante se puso muy pálido y no se movió de su auto, pero el americano del De Soto (que no formaba parte del grupo de Taunus pero que todos apreciaban por su buen humor y sus risotadas) vino a la carrera y después de revolear la guadaña la devolvió campo afuera con todas sus fuerzas, maldiciendo a gritos. Sin embargo, Taunus no creía que conviniera ahondar la hostilidad; quizás fuese todavía posible hacer una salida en busca de agua.Ya nadie llevaba la cuenta de lo que se había avanzado ese día o esos días; la muchacha del Dauphine creía que entre ochenta y doscientos metros; el ingeniero era menos optimista pero se divertía en prolongar y complicar los cálculos con su vecina, interesado de a ratos en quitarle la compañía del viajante del DKW que le hacía la corte a su manera profesional. Esa misma tarde el muchacho encargado del Floride corrió a avisar a Taunus que un Ford Mercury ofrecía agua a buen precio. Taunus se negó, pero al anochecer una de las monjas le pidió al ingeniero un sorbo de agua para la anciana del ID que sufría sin quejarse, siempre tomada de la mano de su marido y atendida alternativamente por las monjas y la muchacha del Dauphine. Quedaba medio litro de agua, y las mujeres lo destinaron a la anciana y a la señora del Beaulieu. Esa misma noche Taunus pagó de su bolsillo dos litros de agua; el Ford Mercury prometió conseguir más para el día siguiente, al doble del precio. Era difícil reunirse para discutir, porque hacía tanto frío que nadie abandonaba los autos como no fuera por un motivo imperioso. Las baterías empezaban a descargarse y no se podía hacer funcionar todo el tiempo la calefacción; Taunus decidió que los dos coches mejor equipados se reservarían llegado el caso para los enfermos. Envueltos en mantas (los muchachos del Simca habían arrancado el tapizado de su auto para fabricarse chalecos y gorros, y otros empezaron a imitarlos), cada uno trataba de abrir lo menos posible las portezuelas para conservar el calor. En alguna de esas noches heladas el ingeniero oyó llorar ahogadamente a la muchacha del Dauphine. Sin hacer ruido, abrió poco a poco la portezuela y tanteó en la sombra hasta rozar una mejilla mojada. Casi sin resonancia la chica se dejó atraer al 404; el ingeniero la ayudó a tenderse en la cucheta, la abrigó con la única manta y le echó encima su gabardina. La oscuridad era más densa en el coche ambulancia, con sus ventanillas tapadas por las lomas de la rienda. En algún momento el ingeniero bajó los dos parasoles y colgó de ellos su camisa y un pulóver para aislar completamente el auto. Hacia el amanecer ella le dijo al oído que antes de empezar a llorar había creído ver a lo lejos, sobre la derecha, las luces de una ciudad.Quizá fuera una ciudad pero las nieblas de la mañana no dejaban ver ni a veinte metros. Curiosamente ese día la columna avanzó bastante más, quizás doscientos o trescientos metros. Coincidió con nuevos anuncios de la radio (que casi nadie escuchaba, salvo Taunus que se sentía obligado a mantenerse al corriente); los locutores hablaban enfáticamente de medidas de excepción que liberarían la autopista, y se hacían referencias al agotador trabajo de las cuadrillas camineras y de las fuerzas policiales. Bruscamente, una de las monjas deliró. Mientras su compañera la contemplaba aterrada y la muchacha del Dauphine le humedecía las sienes con un resto de perfume, la monja hablo de Armagedón, del noveno día, de la cadena de cinabrio. El médico vino mucho después, abriéndose paso entre la nieve que caía desde el mediodía y amurallaba poco a poco los autos. Deploró la carencia de una inyección calmante y aconsejó que llevaran a la monja a un auto con buena calefacción. Taunus la instaló en su coche, y el niño pasó al Caravelle donde también estaba su amiguita del 203; jugaban con sus autos y se divertían mucho porque eran los únicos que no pasaban hambre. Todo ese día y los siguientes nevó casi de continuo, y cuando la columna avanzaba unos metros había que despejar con medios improvisados las masas de nieve amontonadas entre los autos.A nadie se le hubiera ocurrido asombrarse por la forma en que se obtenían las provisiones y el agua. Lo único que podía hacer Taunus era administrar los fondos comunes y tratar de sacar el mejor partido posible de algunos trueques. El Ford Mercury y un Porsche venían cada noche a traficar con las vituallas; Taunus y el ingeniero se encargaban de distribuirlas de acuerdo con el estado físico de cada uno. Increíblemente la anciana del ID sobrevivía, perdida en un sopor que las mujeres se cuidaban de disipar. La señora del Beaulieu que unos días antes había sufrido de náuseas y vahídos, se había repuesto con el frío y era de las que más ayudaba a la monja a cuidar a su compañera, siempre débil y un poco extraviada. La mujer del soldado y del 203 se encargaban de los dos niños; el viajante del DKW, quizá para consolarse de que la ocupante del Dauphine hubiera preferido al ingeniero, pasaba horas contándoles cuentos a los niños. En la noche los grupos ingresaban en otra vida sigilosa y privada; las portezuelas se abrían silenciosamente para dejar entrar o salir alguna silueta aterida; nadie miraba a los demás, los ojos tan ciegos como la sombra misma. Bajo mantas sucias, con manos de uñas crecidas, oliendo a encierro y a ropa sin cambiar, algo de felicidad duraba aquí y allá. La muchacha del Dauphine no se había equivocado: a lo lejos brillaba una ciudad, y poco y a poco se irían acercando. Por las tardes el chico del Simca se trepaba al techo de su coche, vigía incorregible envuelto en pedazos de tapizado y estopa verde. Cansado de explorar el horizonte inútil, miraba por milésima vez los autos que lo rodeaban; con alguna envidia descubría a Dauphine en el auto del 404, una mano acariciando un cuello, el final de un beso. Por pura broma, ahora que había reconquistado la amistad del 404, les gritaba que la columna iba a moverse; entonces Dauphine tenía que abandonar al 404 y entrar en su auto, pero al rato volvía a pasarse en buscar de calor, y al muchacho del Simca le hubiera gustado tanto poder traer a su coche a alguna chica de otro grupo, pero no era ni para pensarlo con ese frío y esa hambre, sin contar que el grupo de más adelante estaba en franco tren de hostilidad con el de Taunus por una historia de un tubo de leche condensada, y salvo las transacciones oficiales con Ford Mercury y con Porsche no había relación posible con los otros grupos. Entonces el muchacho del Simca suspiraba descontento y volvía a hacer de vigía hasta que la nieve y el frío lo obligaban a meterse tiritando en su auto.Pero el frío empezó a ceder, y después de un período de lluvias y vientos que enervaron los ánimos y aumentaron las dificultades de aprovisionamiento, siguieron días frescos y soleados en que ya era posible salir de los autos, visitarse, reanudar relaciones con los grupos de vecinos. Los jefes habían discutido la situación, y finalmente se logró hacer la paz con el grupo de más adelante. De la brusca desaparición del Ford Mercury se habló mucho tiempo sin que nadie supiera lo que había podido ocurrirle, pero Porsche siguió viniendo y controlando el mercado negro. Nunca faltaban del todo el agua o las conservas, aunque los fondos del grupo disminuían y Taunus y el ingeniero se preguntaban qué ocurriría el día en que no hubiera más dinero para Porsche. Se habló de un golpe de mano, de hacerlo prisionero y exigirle que revelara la fuente de los suministros, pero en esos días la columna había avanzado un buen trecho y los jefes prefirieron seguir esperando y evitar el riesgo de echarlo todo a perder por una decisión violenta. Al ingeniero, que había acabado por ceder a una indiferencia casi agradable, lo sobresaltó por un momento el tímido anuncio de la muchacha del Dauphine, pero después comprendió que no se podía hacer nada para evitarlo y la idea de tener un hijo de ella acabó por parecerle tan natural como el reparto nocturno de las provisiones o los viajes furtivos hasta el borde de la autopista. Tampoco la muerte de la anciana del ID podía sorprender a nadie. Hubo que trabajar otra vez en plena noche, acompañar y consolar al marido que no se resignaba a entender. Entre dos de los grupos de vanguardia estalló una pelea y Taunus tuvo que oficiar de árbitro y resolver precariamente la diferencia. Todo sucedía en cualquier momento, sin horarios previsibles; lo más importante empezó cuando ya nadie lo esperaba, y al menos responsable le tocó darse cuenta el primero. Trepado en el techo del Simca, el alegre vigía tuvo la impresión de que el horizonte había cambiado (era el atardecer, un sol amarillento deslizaba su luz rasante y mezquina) y que algo inconcebible estaba ocurriendo a quinientos metros, a trescientos, a doscientos cincuenta. Se lo gritó al 404 y el 404 le dijo algo Dauphine que se pasó rápidamente a su auto cuando ya Taunus, el soldado y el campesino venían corriendo y desde el techo del Simca el muchacho señalaba hacia adelante y repetía interminablemente el anuncio como si quisiera convencerse de que lo que estaba viendo era verdad; entonces oyeron la conmoción, algo como un pesado pero incontenible movimiento migratorio que despertaba de un interminable sopor y ensayaba sus fuerzas. Taunus les ordenó a gritos que volvieran a sus coches; el Beaulieu, el ID, el Fiat 600 y el De Soto arrancaron con un mismo impulso. Ahora el 2HP, el Taunus, el Simca y el Ariane empezaban a moverse, y el muchacho del Simca, orgulloso de algo que era como su triunfo, se volvía hacia el 404 y agitaba el brazo mientras el 404, el Dauphine, el 2HP de las monjas y el DKW se ponían a su vez en marcha. Pero todo estaba en saber cuánto iba a durar eso; el 404 se lo preguntó casi por rutina mientras se mantenía a la par de Dauphine y le sonreía para darle ánimo. Detrás, el Volkswagen, el Caravelle, el 203 y el Floride arrancaban, a su vez lentamente, un trecho en primera velocidad, después la segunda, interminablemente la segunda pero ya sin desembragar como tantas veces, con el pie firme en el acelerador, esperando poder pasar a tercera. Estirando el brazo izquierdo el 404 buscó la mano de Dauphine, rozó apenas la punta de sus dedos, vio en su cara una sonrisa de incrédula esperanza y pensó que iban a llegar a París y que se bañarían, que irían juntos a cualquier lado, a su casa o a la de ella a bañarse, a comer, a bañarse interminablemente y a comer y beber, y que después habría muebles, habría un dormitorio con muebles y un cuarto de baño con espuma de jabón para afeitarse de verdad, y retretes, comida y retretes y sábanas, París era un retrete y dos sábanas y el agua caliente por el pecho y las piernas, y una tijera de uñas, y vino blanco, beberían vino blanco antes de besarse y sentirse oler a lavanda y a colonia, antes de conocerse de verdad a plena luz, entre sábanas limpias, y volver a bañarse por juego, amarse y bañarse y beber y entrar en la peluquería, entrar en el baño, acariciar las sábanas y acariciarse entre las sábanas y amarse entre la espuma y la lavanda y los cepillos antes de empezar a pensar en lo que iban a hacer, en el hijo y los problemas y el futuro, y todo eso siempre que no se detuvieran, que la columna continuara aunque todavía no se pudiese subir a la tercera velocidad, seguir así en segunda, pero seguir. Con los paragolpes rozando el Simca, el 404 se echó atrás en el asiento, sintió aumentar la velocidad, sintió que podía acelerar sin peligro de irse contra el Simca, y que el Simca aceleraba sin peligro de chocar contra el Beaulieu, y que detrás venía el Caravelle y que todos aceleraban más y más, y que ya se podía pasar a tercera sin que el motor penara, y la palanca calzó increíblemente en la tercera y la marcha se hizo suave y se aceleró todavía más, y el 404 miró enternecido y deslumbrado a su izquierda buscando los ojos de Dauphine. Era natural que con tanta aceleración las filas ya no se mantuvieran paralelas. Dauphine se había adelantado casi un metro y el 404 le veía la nuca y apenas el perfil, justamente cuando ella se volvía para mirarlo y hacía un gesto de sorpresa al ver que el 404 se retrasaba todavía más. Tranquilizándola con una sonrisa el 404 aceleró bruscamente, pero casi en seguida tuvo que frenar porque estaba a punto de rozar el Simca; le tocó secamente la bocina y el muchacho del Simca lo miró por el retrovisor y le hizo un gesto de impotencia, mostrándole con la mano izquierda el Beaulieu pegado a su auto. El Dauphine iba tres metros más adelante, a la altura del Simca, y la niña del 203, al nivel del 404, agitaba los brazos y le mostraba su muñeca. Una mancha roja a la derecha desconcertó al 404; en vez del 2HP de las monjas o del Volkswagen del soldado vio un Crevrolet desconocido, y casi en seguida el Chevrolet se adelantó seguido por un Lancia y por un Renault 8. A su izquierda se le apareaba un ID que empezaba a sacarle ventaja metro a metro, pero antes de que fuera sustituido por un 403, el 404 alcanzó a distinguir todavía en la delantera el 203 que ocultaba ya a Dauphine. El grupo se dislocaba, ya no existía. Taunus debía de estar a más de veinte metros adelante, seguido de Dauphine; al mismo tiempo la tercera fila de la izquierda se atrasaba porque en vez del DKW del viajante, el 404 alcanzaba a ver la parte trasera de un viejo furgón negro, quizá un Citroën o un Peugeot. Los autos corrían en tercera, adelantándose o perdiendo terreno según el ritmo de su fila, y a los lados de la autopista se veían huir los árboles, algunas casas entre las masas de niebla y el anochecer. Después fueron las luces rojas que todos encendían siguiendo el ejemplo de los que iban adelante, la noche que se cerraba bruscamente. De cuando en cuando sonaban bocinas, las agujas de los velocímetros subían cada vez más, algunas filas corrían a setenta kilómetros, otras a sesenta y cinco, algunas a sesenta. El 404 había esperado todavía que el avance y el retroceso de las filas le permitiera alcanzar otra vez a Dauphine, pero cada minuto lo iba convenciendo de que era inútil, que el grupo se había disuelto irrevocablemente, que ya no volverían a repetirse los encuentros rutinarios, los mínimos rituales, los consejos de guerra en el auto de Taunus, las caricias de Dauphine en la paz de la madrugada, las risas de los niños jugando con sus autos, la imagen de la monja pasando las cuentas del rosario. Cuando se encendieron las luces de los frenos del Simca, el 404 redujo la marcha con un absurdo sentimiento de esperanza, y apenas puesto el freno de mano saltó del auto y corrió hacia adelante. Fuera del Simca y el Beaulieu (más atrás estaría el Caravelle, pero poco le importaba) no reconoció ningún auto; a través de cristales diferentes lo miraban con sorpresa y quizá escándalo otros rostros que no había visto nunca. Sonaban las bocinas, y el 404 tuvo que volver a su auto; el chico del Simca le hizo un gesto amistoso, como si comprendiera, y señaló alentadoramente en dirección de París. La columna volvía a ponerse en marcha, lentamente durante unos minutos y luego como si la autopista estuviera definitivamente libre. A la izquierda del 404 corría un Taunus, y por un segundo al 404 le pareció que el grupo se recomponía, que todo entraba en el orden, que se podría seguir adelante sin destruir nada. Pero era un Taunus verde, y en el volante había una mujer con anteojos ahumados que miraba fijamente hacia adelante. No se podía hacer otra cosa que abandonarse a la marcha, adaptarse mecánicamente a la velocidad de los autos que lo rodeaban, no pensar. En el Volkswagen del soldado debía de estar su chaqueta de cuero. Taunus tenía la novela que él había leído en los primeros días. Un frasco de lavanda casi vacío en el 2HP de las monjas. Y él tenía ahí, tocándolo a veces con la mano derecha, el osito de felpa que Dauphine le había regalado como mascota. Absurdamente se aferró a la idea de que a las nueve y media se distribuirían los alimentos, habría que visitar a los enfermos, examinar la situación con Taunus y el campesino del Ariane; después sería la noche, sería Dauphine subiendo sigilosamente a su auto, las estrellas o las nubes, la vida. Sí, tenía que ser así, no era posible que eso hubiera terminado para siempre. Tal vez el soldado consiguiera una ración de agua, que había escaseado en las últimas horas; de todos modos se podía contar con Porsche, siempre que se le pagara el precio que pedía. Y en la antena de la radio flotaba locamente la bandera con la cruz roja, y se corría a ochenta kilómetros por hora hacia las luces que crecían poco a poco, sin que ya se supiera bien por qué tanto apuro, por qué esa carrera en la noche entre autos desconocidos donde nadie sabía nada de los otros, donde todo el mundo miraba fijamente hacia adelante, exclusivamente hacia adelante.
Fin.

Mis pensamientos sobre el cuento:

Un accidente era la única explicación de la lentitud tan increíble con la que los autos avanzaban. Empezaban los seres a convivir, entrar en el entretenimiento y otros en apatía. Todos los carros del catálogo estaban presentes, cada uno en su mundo pero ni era su mundo, sino el mundo que les vendieron.

Cada uno tiene un mundo en la cabeza, cada auto uno. La autopista la veo como la autopista que nos forzan a recorrer, o nos forza la sociedad a ir por ella, sin importar el tráfico, y cómo es de pocos salir de la misma. Cuando todos, encerrados en la autopista, con miedo a dejarla, perciben la lentitud con la que avanza, comienzan a buscar maneras para entretenerse, como convivir. En esta comunidad de autos, se comienzan a crear chismes, además se nota cómo algunos se empiezan a preocupar por cosas realmente superfluas. Después de estar tanto tiempo en el lento camino, la costumbre los abraza, y lo que comenzó como una pequeña aventura se transforma en su vida, dejan de contar la hora, ahora sólo buscan sobrevivir.

Encuentro una ironía, están esperando llegar a la capital y a la misma vez también esperan su muerte, igual que la mariposa que se posa en el parabrisas. Me encanta cómo el insecto, sin hogar, sin rumbo, tiene el poder para ir a donde guste. El tema de las limitaciones que tiene el cuerpo está presente, al ver a la mariposa volar, quisieran ellos poder hacer lo mismo. Por eso está también la envidia, porque alguien intenta atrapar a la mariposa, eso demuestra la naturaleza destructura de los humanos.

Todos, en el tedio, sólo buscan entretenerse para olvidar la realidad. Hay en el cuento un juguete que llama mi atención, es un cochecito, es un símbolo de cómo obligan a los niños desear estar prisioneros en el tráfico por igual, para que pasen por lo mismo y sufran lo mismo.

Odio la idea, que hasta en una situación como esa quieran “coca-cola”. Y cómo una niña, pide agua, es es lo que me gusta, ella no ha sido infectada por los pránganas adultos que siguen pidiendo la caca que les dan de la “cola”: coca-cola, en este caso. No me gusta tampoco cómo la gente en la autopista se conforma con las esperanzas que les dan sobre que el tráfico va a disminuir, lamentable situación...

Más adelante, hablan acerca de cómo algunos se rinden a la voluntad de Dios, pienso que esto es una metáfora de cómo se han rendido a la inferioridad y mediocridad. Todos en la misma situación estupefacta.

En una de esas preocupaciones superfluas está la más mala de todas: la preocupación de lo que otros puedan pensar sobre nosotros. Luego cuando llueve, avanzan, y avanzan porque dan un paso adelante hacia la naturaleza, la lluvia los limpia un poco.

Al tercer día, ya estaban casi haciendo un hospital, faltaba poco para que termináran una comunidad. Comenzaron después a simular lo que viene siendo una sociedad moderna, casi una pequeña ciudad que avanza poco a poco, pero que pronto se disolverá en un caos. No sólo eso, hay también un soldado que demuestra cómo “los soldados” hacen cualquier cosa, llevan a cabo cualquier medio para cumplir su fin. He aquí un poco de Maquiavelo.

Muchos empiezan a desesperarse, algunos duermen para dejar pasar el tiempo, como el “Extrajero” de Camus cuando está en la cárcel; otros, intentan matar el tedio de la forma moderna, con entretenimiento.

Existe, en toda la comunidad, una esperanza de paz. Los bándalos se empiezan a formar, también bandos; algunos buscan sobrevivir con violencia. Me molesta cómo buscan curar a los ancianos, eso es una caridad, un lujo que en tiempos de guerra no se podrían dar. La estúpida monja hablando del Armagedón... ¡Dandoles fe! ¡Fe sin pruebas y falsa! Eso a todos vuelve locos. “Avanzan” un poco después, empiezan a negociar por comida, y el listo y bien educado controla el mercado negro.

Muchos tienen la esperanza de vivir con comodidades. Y todos se quedan por gusta en la autopista, tienen el poder para salir, y no lo hacen, no lo consideran una opción. Se sienten seguros en su realidad fabricada.

Arthur Schopenhauer


"Nunca combata la opinión de ningún hombre; porque aunque alcanzara la edad de Matusalén, nunca terminará de corregirle todas las cosas absurdas en que cree. También es bueno evitar corregir los errores que la gente comete en la conversación, por muy buenas que sean nuestras intenciones. Porque es fácil ofender a la gente, y difícil, si no imposible, reconciliarse. Si usted se siente irritado por los comentarios absudos de dos personas cuya conversación ha oído por casualidad, debería imaginar que fue un diálogo de dos tontos en una comedia. Probatum est. El hombre que llega al mundo con la idea de que instruirá a todos en temas de la más alta importancia podrá agradecer a su buena estrella si escapa con vida." A. Schopenhauer
Algunos de sus libros:
De la cuádruple raíz del principio de razón suficiente.
La sabiduría de la vida.
Sobre la voluntad en la naturaleza.
El mundo como voluntad y representación.
Los dos problemas fundamentales de la ética.
Parerga y Paralipómena.
Aforismos sobre el arte del buen vivir.
Sobre la filosofía y su método.
"por Schopenhauer, que acaso descifró el universo." Borges.

domingo, febrero 19, 2006

Te amo, Musa.


Dios no es malo, sus mensajeros lo son.

Mi artilugio innato dislocador de toda realidad funciona como un radar anti-mentiras. El mecanismo del que escribo me dice: "La religión es la violación de la musa más importante."

Cada cual tiene sus inspiraciones, para mí una musa se llama Originalidad. La religión la limita. Aceptarla y aprehenderla vuelve incrédulo a quien la abraza. Indignado estoy ante el respeto a la religión y no lo lamento puesto que las mismas no respetan la más mínima perplejidad.

¿Por qué endosar el miedo, la culpa y la mentira?

¿Con qué fin lo hacen?

Nada espero a cambio de esto. No violaré a mi más querida musa. Te amo Originalidad. Y todavía más: amo mi Originalidad que templa mis oídos como una música lasciva.

Lo inevitable y todos aquellos misterios del universo no se resumen en la conjura de necios religiosos que pretenden guardar la verdad. Candoroso he de ser al respecto, no creo en Nietzsche pero sí en lo que dice: "Dios ha muerto." He ahí su musa... Os reto a violarla.

sábado, febrero 18, 2006

Cuando Dios Ataca...


Para quien se ofenda por lo que escribo le advierto: ¡Me importa un carajo! Debo sacar esto de mi mente ahora mismo en la manera más ofensiva posible porque si no voy a salir a buscar a esos dos mongoloides y reventarles los glóbulos oculares para pisotearlos y obligarlos a comerse el jugo que quede en el pavimento.

Molestaron en la puerta del departamento, Domingo(mi primo) se asomó enojado y me dijo que eran unos malditos testigos de Jehová que lo visitaban casi semanalmente queriendo convertirlo en testículo de Jehová. Se indignó a abrir la puerta, pero como había ruido en el departamento... los testículitos sabían que había algún cabrón adentro... Y vaya cabrón que se encontraron :) ¡Maldita sea! ¿Por qué les abrí? Jamás en toda la vida había conversado con individuos tan insensatos. Bueno... Ni voy a empezar a describirlos porque con sólo verlos se notaba la clase de idiotas que eran.

-Buscamos a Domingo Chávez, ¿se encuentra aquí?

-No, él ya se regresó a México.

-No le creo.

-Pues es verdad, ¿qué necesita?

Para empezar se presentó, a los cinco segundos olvidé su insípido nombre. La polilla hizo un gesto haciéndome saber que quería pasar, de ninguna manera se lo iba a permitir. ¿Cómo se atreve el hijo de la gonorrea?

Empezó por decirme que este edificio tenía un diseño, que era una tontería creer que se había construido solo. Le contesté: "¿y?"

-Pues así como este edificio tiene un diseño, nosotros también lo tenemos, y tenemos un diseñador que es Dios. -se atrevió a contestarme el méndigo insecto.

-¿Y qué con eso? -volví a cuestionar.

-Vengo a invitarlo a rendirle cuentas a ese ser que lo diseño. -¿Invitarme? Quería decirle que fuera a invitar a su madre a venderse a la esquina como lo hizo nueve meses antes de parirlo, pero me abstuve. Tenía que contener esas palabras, no estoy en mi tierra y quien pelea fuera de su tierra es tan escaso de razón como ése, sí, ese testículo que padece de alguna deficiencia mental.

-¿Rendirle cuentas? ¿Por qué? -puse la mano en la puerta intención de cerrarla.

-Porque él nos hizo. Y le debemos eso. -articuló el comediante.

-¿Y de qué manera se le rinde cuentas? ¿Haciendo lo que usted hace? ¿Ir de puerta en puerta intentando convertir a la gente en Testigo de Jehová? -me atreví a pronunciar.

Esto fue la llama que encendió uno de los múltiples discursos absurdos que manifestó el falto de conciencia.

-No, por su puesto que no. Nosotros traemos el mensaje. -aclaró. A su manera, claro, porque yo quedé igual de confundido al escuchar esas palabras.

-¿Qué mensaje, disculpe usted? -traté de expresar mi turbación.

-Bueno, pues eso que acabo de decirle, ja, -se determinó a sonreir- que Dios nos creó a todos y debemos rendile cuentas porque en cualquier momento va a ocurrir una fatalidad y sólo nosotros tenemos el amparo del creador. Así que hemos venido a invitarlo a rendirle cuentas a Jehová. -emitió esos sonidos que no quise haber comprendido, su velocidad para hablar era tan lenta que en realidad creo que me hipnotizó por un momento porque apenas se fue quería golpear a alguien.

-Sí, esa fatalidad se llama muerte, señor. Y no se necesita el amparo de nadie para morir, además, a como lo entiendo... Dios no es un "quién", sino un "qué". Yo soy ateo y no creo en nada, gracias por la invitación, tenga suerte con el vecino. Que pase un buen día. -comenté harto y sin remordimiento alguno. Por supuesto que esas no son mis creencias, no soy ateo y tampoco soy tan cruel como para pensar que la muerte es una fatalidad y que morir solo es la mejor manera de hacerlo... Sólo deseaba que esos dos mequetrefes se largaran de aquí.

-¿No cree en nada? ¿Entonces usted no cree que está aquí hablando con nosotros? -sentenció el papanatas.

¿Por qué insiste? -pensé.

-No, no creo que usted y yo estemos hablando en este momento, de hecho, usted es una ilusión y quiero que esa ilusión desaparezca lo antes posible. -me determiné a echarlo de mi propiedad.

-¿En serio? ¿Entonces en qué cree usted? -preguntó.

-En nada, y no quiero creer en los testigos de Jehová. -le declaré.

-¿Cómo puede juzgar algo que no conoce? Lo estamos invitando a la salvación de la repentina fatalidad que lo acecha. -solté una carcajada y su hijito cerró los puños, que aunque era más alto que yo, calculé que de un golpe lo podía tumbar.

-¿De qué manera piensa usted salvarme de la muerte? -me mostré indignado.

-Dios tiene una manera muy peculiar de protegernos. -me dijo.

-¿Entonces usted no se va a morir? -le interrogué, esperando sorprendido alguna una respuesta racional.

-Claro, pero no de la misma manera que usted. -expuso.

-¿En serio? ¿Y cómo se va a morir usted, lo sabe? -acentué el "usted". Sólo para molestar el testiculito.

-No los sé, pero la humanidad es muy mala y no falta mucho para la catástrofe. -escupió esas palabras.

-Sabe que... ya quiero regresar a leer. -le lanzé la verdad.

-Sí, nos ha pasado con gente atea antes que nos ignoran o se burlan de nosotros. -quiso hacerme sentir culpable... obviamente.

-¿Gente atea? ¿Creyó todo lo que le dije? Le estába diciendo eso para que se fuera... -manifesté con palabras mi pensamiento.

-Nosotros queremos que confié en nosotros, jóven. Usted parece muy inteligente, tal vez no pueda seguirle el paso en la discusión porque me falla la computadora -dijo, señalándo su cabeza.

-¿Cómo puedo confiar en alquien que confunde su cerebro con una computadora? -versifiqué.

Esta conversación en realidad sucedió, en verdad me puse así y el idiota no se iba. Estoy tratando de recordarla toda palabra a palabra pero estoy omitiendo algunas cosas innecesarias.

-¿Cómo puedo confiar en alguien que no cree que estamos aquí hablando? -imitó mi pregunta, le cambió el contexto.

-Yo no quiero que confie en mí, usted fue quien tocó mi puerta. -anuncié y le dí tres golpes a la puerta, copiando su forma de llamar la armazón de madera que me protege.

-Eso sí que es gracioso. -indicó.

Bueno... ¿Este hombre está demente? En verdad este despreciable defecto humano empezaba a irritarme.

-Sí, ¿verdad? Qué risa... -dije esperando que se fastidiara.

El asqueroso animal sonrió, mostrando sus dientes negros. Interrumpí una nueva carcajada... si no lo hacía su hijito se iba a enojar otra vez, jajajaja. Bueno... ya me cansé de recordar estas estupideces, el punto es que esto duró alrededor de veinte minutos y finalmente me dió la gracias por ser una de las pocas personas que usa el cerebro.

-De nada, que tenga buen día. -hablé sarcásticamente. Por supuesto que no le deseaba un buen día esa vil sabandija. Deseaba que le llegara la fatalidad de la cual hablaba.

-Dios es todo. -articuló nuevamente.

-¡Qué bueno! ¡Adiós! -el mono antropomorfo parecía no comprender. Debí haberlo pateado en el culo para que volara hasta las selvas de Sumatra y Borneo con sus familiares de pelaje espeso y rojizo.

-En la biblia viene la palabra de Dios. -dijo el primate antropoide.

-La biblia la escribieron hombres dementes. -dije.

-¿La ha leído? -preguntó.

-No, ¿para qué necesito leer ficción barata? -me dió por improvizar algún insulto en contra la mediocre obra "literaria".

El piró, hijo de la gonorrea no se iba... ¡Me niego a llevar a cabo este tipo de discusiones absurdas! ¡Al diablo con todos aquellos pesados comediantes violadores mentales!

¡Testigo de Jehová hijo de la gran puta! ¡Muere!

jueves, febrero 16, 2006

Ejercicio: Cambiar el punto de vista.

¿Qué punto de vista es el mejor?
Es importante estar abierto a todos los posibles.

Ejercicio de: http://fictionwriting.about.com/od/writingexercise1/ht/ptofview.htm

Escogí "Fúmate un cigarro".
Cambié la voz del narrador para el ejercicio a segunda persona. Todo en "tú".
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Fúmate un cigarro(para leerse sentado)

Con tu dedo índice y pulgar presionas el esponjoso cilindro. Pones parte en tus labios; mientras, con la mano izquierda te procuras un encendedor. Lo enciendes. Mezclas el fuego con la otra punta del cigarrillo, allí donde la hoja envuelve tabaco. No escuchas cómo se quema, te concentras en aspirar, atrapas el humo que buscaba escaparse en la boca; sin embargo, no es hasta que desprendes el tubo de la misma que sientes su sabor. El extremo desprende un hilo de sustancia que la gravedad no logra atraer, sube hasta dividirse, y forma ondas que pronto desaparecen. Sostienes el filtro, despides al carbono con un beso que te roba el aliento.

-«¿Por qué lo encendí? ¿No es esto un menguador de la vida? Sólo es uno, y el primero en todo el día. Mañana no fumaré... Sí, mañana esta absurda preocupación de lo dañido desaparecerá.» -piensas.

No titubeas en raptar otra nube tóxica; a cambio, sólo deseas su existencia. Cierras los ojos.

-«Sólo ciegamente se disfrutan este tipo de cosas, aunque el sabor me disgusta y repugna... hay algo mayor que me atrae.» -murmuras.

Comienzas a separar pausadamente los párpados cuando exhalas, y al terminar están abiertos por completo. Debes deshacerte del largo tubo de ceniza, lo agitas contra el cenicero. Al ver aquel pedazo amarillo y esponjoso que sale de la punta, se te antoja nuevamente llenarte de nicotina y así lo haces con una aspiración automática e involuntaria.

-«Voy a sostener más tiempo el humo.» -te dices.

Tu respiración rescata al humo de su jaula orgánica, alargas el labio inferior y sueltas un soplo tardío. Intentas aventar una dona de gas pero fallas. Deshechas ese polvo gris y te decides aplastar el rollo en honor a su extinción. El cigarro se dobla, pone una gran resistencia pero su poca flexibilidad termina quebrándolo. Sigue liberando la mezcla que produce su combustión, lentamente se va suspendiendo esa transformación de partículas.

-«No debí haber fumado.» -mientes.

Caminas hacia el bote de basura en la cocina y un perverso bostezo te obliga a juntar los párpados, vuelves a sentir el intenso sabor en tu paladar. Llegas al basurero, tiras las cenizas y te sientes indignado; pero de una vez metes también el cenicero en la bolsa.

-«Así mañana evito buscarlo para fumar... ¿A quién engaño?» -lo aceptas, lo tomas nuevamente.

Sin condición alguna lo dejas en el fregadero.
Oscar García Chávez
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Tres ventajas en el cambio.
1. El lector lo siente más.
2. Me doy cuenta de cuánto se repite "me", "mi", "el", "la", "lo". Y ahora en este se cambia a "te", "tu", "lo".
3. Se siente menos dramático, más amistoso, leyéndolo así se me figura casi como estar ahí viéndolo fumar. Me siento por encima de él. Usando la segunda persona la primera se siente superior.
Siento que es más efectiva la segunda persona en esta obra. ¿Qué opinas?

miércoles, febrero 15, 2006

Autobiography Assignment

Autobiography Assignment

The assignment was to write an autobiography. He knew what that was, he understands it. But his curiosity went further and searched the word in a dictionary. Autobiography: A biography of a person written by that person. Biography: An account of the series of events making up a person's life.

Thursday 12, January 2006.
Yesterday: A teacher will receive a bunch of home works and his first thought is going to be: “reading all of them is a waste of time”. Time: it is presented to us as events, perceptions that get lost; soon forgotten in time itself. We, in time, get lost. He who thinks that wastes time is lost inside something that is already lost. That thought will soon fade away, replaced by something else. The teacher will then take those papers, read them one by one.
In the classroom, Oscar will try to picture his autobiography in some other way, differently than what he had done, he will whisper to the air: “I can't think of a better way to present an autobiography, what I did is fine.” But that thought will lead to another... The question “Why am I here?” will be his mind; and when that mind gets hit by a question, it doesn't stop, he over analyzes and a series of images flashed into his mind: First the high school from Monterrey, Mexico; then the university he got into but left after a month because he didn't liked it; and finally he saw himself as a child, filming everything in his house. These words will come to mind: “Is this what I wanted to do since I was a child? Well... maybe it is, maybe it isn't, but right now it is the best choice I've got and well, here I am at the Creative Writing Class, thinking what to think on so the anxiety can go away.”
Anxiety: this word comes from the German language; it means to feel metaphysical entrapment, as if the choices narrowed down into just something that cannot be avoided; the inevitable. This anxiety started a long time ago, it was just as the feeling of incompletion, as if something is missing... it then evolved and became something permanent, he needs to be busy: thinking, doing a homework, working, reading, writing, just doing something.

To do: actions=distractions. Every action proofs a lack of something; he lacks a job: he goes to Full Sail. He lacks tranquility, he takes a relaxant. And his mind knows this, unconsciously, because he has read about it in philosopher’s writings. Julio Cortázar wrote about it decades ago; Arthur Schopenhauer centuries ago; and probably some ancient civilizations knew about it millenniums ago.

Today: Oscar still does not know if his paper has been read. He will not think about that, time will take him automatically to the answer. Maybe tomorrow he will know.

Friday 6, January 2006.
The man entered a room filled with young individuals, he doesn’t know them, he looks at them and he is unable to avoid the influence that those looks cause. More than forty eyes targeting his being, they steal all of his light; absorb every color and also every action. He talks about how to write creatively. Those young, still doubtful teens get filled with motivation. Motivation: Is it just an illusion? When that man showed a game he created to the class, Oscar could only remember when he was in kinder garden and the teacher would make fun of things so kids could remember them, for instance: The Alphabet, she would draw an A with hands, feet and even some eyes. This would make children familiarize with the letter as something human, attractive and happy.

The teacher comes back into the room and says: “Your homework is to write an autobiography.” Some students open their laptops and write that down, other open notebooks and use a pen to do the same thing.

Saturday 7, January 2006.
After the Behavioral Science class, Oscar slept. When he woke up and the computer screen was on, it reminded him about an assignment he had to do. He then sat in front of the computer and began writing. He stared at the blank page and waited, and then he realized that waiting was useless, the paper could not be written by itself. It had to be done by him.

He thought: “Not even I know the series of events that made up my life. I don't think there is someone who does. But as far as I know...”[kc2] And then he began writing. What styles of writing could he use? Could he try and confuse the teacher using dates without a chronological order? Trying was worth it; of course he knew the teacher is smart and couldn't be tricked. The teacher would figure the structure of the idea after reading the second paragraph to then feel comfortable about Oscar’s psychological health, to know that he understands the student, to rest assured that the mind of that particular student has the talent to do well in class. Of course Oscar could do better. But, Could he really? If he could... then why doesn't he? The anxiety kicks him in the back, reminding him about every potential thing he could do but does not. That is the thought that triggers the anxiety since he was in high school. [kc3]

Monday 9, January 2006.
Using a mouse Oscar moves the cursor in the screen over a green button lying at the lower left corner of the screen and clicked. After a few clicks, his assignment appears. As he begins typing the cell phone rings. He answers.

-Hey, how are you doing so far? -came out from the speaker, it is the voice of a woman that Oscar can easily recognize.
-I'm doing great, school is good, I just get bored once in a while when I'm at the apartment because I don't like watching T.V. and I haven't been able to read anything because my mind is so focused on Full Sail that anything else just distracts me. -he says, being as honest as he can be.
-Are you coming home for your birthday? I don't want you to be there all alone; you could do a party in here. -his mother asks.
-Well, spring break is close; I could just go at that break and do a party before my birthday.
-That's a good idea, but May the 2nd is not so close to the dates of spring break.
-It doesn't really matter.
-That's all I wanted to ask... well, I'll call you tomorrow, bye.

The incomplete assignment is just there, his eyes could detect it. The sound of typing continues for a while but then he selects the whole text and presses the backspace key. Everything is gone. Start from cero, again. He wants to be creative, but where could he get inspiration? His eyes turn into a picture he has over a desk. In the picture there is a collage of Oscar's hobbies, in the upper left side you see him dressed with a martial arts uniform playing the piano, at the side its him at the computer, then below there is him with his girlfriend and on the other side there is picture of him with all of his friends. He recalls the time when he was living in Freiburg, Germany; and used to look at the same picture in a different desk. The image of that same picture came to his mind at a different desk, in Edmonton, Canada. Where is home?He felt lost and confused in Germany and Canada; but not in Orlando.


Friday 2, May 1986.
-His name will be Oscar. -said a man with a deep voice who had just become a father.

Friday 2, October 2093.
No body knows who Oscar is, the teacher has been also forgotten, and every character in this autobiography is now dead. Life goes on, nobody cares. What was presented to us as events, perceptions that got lost; were forgotten in time itself. We, in time, got lost.
He who thinks that wastes time is lost inside something that is already lost.

lunes, febrero 13, 2006

Mi tarea de escritura dramatica



Nos encargaron hacer un escrito de entre 500 y 600 palabras para subir el rating de un programa. El programa(no existe) es sobre un doctor carismático, él tiene un secreto. ¿Qué secreto le inventarías?

Monique: Secretary.
Dr. Gordon.
Jenny: Wife.
Jack: Son.


Dr. Gordon - Episode Four.
On the last episode: Monique was inyecting Dr. Gordon insulin when his son came into the office saying that he had just stepped on a piece of wood that had nail in it. He checked the boys foot and saw a deep wound, he would need to get a shot because of that.

-Where did this happen? -he yelled at him.
-I´m sorry, dad. I was at the new building they are doing.
-But I told you not to play there! -Dr. Gordon got an anti-tetanus solution from his desk and couldn´t find any needles. Trusting his health and medical knowledge, he used the same one he was using to inyect his son.
-It won´t happen again. I promise.- said the little boy with tears in his eyes.


Episode Begins...
It is a Saturday morning and Jenny, the Doctor´s wife, is serving breakfast for her family.

-Will you take Jack to the office today, dear? I´m going to the shopping mall and I don´t think your son want´s to go with me. -she said, still thinking on what to buy for her beloved husband as a present for Valentines Day.
-Sure, sweetheart! Jack and I always have a very good time in the office, my secretary just loves him. Doesn´t she, boy?
-Yeah mom, Monique is great! she told me how to write appointments the other day. I learned how to use a calendar! They haven´t teach us that in school yet. -he said, excited.

When they´re driving to the hospital, Jenny calls:

-Honey! I just wanted to ask you about the blood tests we asked for the other day, do you have them yet?
-No, baby. They should be at the office today, I´ll call you later to let you know.
-Ok sexy doctor, I´ll be waiting... Bye. -she hangs up.

In the office, the doctor finds three envelopes in his desk. He opens the one with Jack´s name first and everything in his blood is fine. Then he opens Jenny´s, she´s fine too. When his hand touches the last envelope, the phone rings.



-Doctor, you´re morning appointment is here. -said Monique over the phone.
-Oh, Monique! Tell her to come in. -he replied and then hanged up.
-Jack, why don´t you go play around the hospital?
-I thought you would never let me go, you know, because of what happened the other day. -Jack said, he just ran out of the office.


After five minutes Monique enters the office.


-Your date is here. -she said, with a very friendly voice.
-We should be quick, baby. He´ll be back any moment.
-Don´t worry about him. I gave him a five hundred piece puzzle and dared him to finish it in an hour. We have plenty of time.
-Then, let me see this envelope first.


He opens up the envelope but before reading his cell phone rings. He tells Monique to be quiet, it was his wife.


-Baby, did you got the tests?
-Yeah sweetheart, I´m just reading mine.
-What does it say?
-Well...


He reads: HIV positive. His cell phone hits the ground. Monique´s eyes look scared. Flashbacks of the needle in Jack´s arm came back.

Oscar García Chávez

viernes, febrero 10, 2006

Rule of Thirds in Photography

Apliqué una regla que nos enseñaron en la clase de fotografía para esta foto, no sé cómo traducir: "Rule of Thirds".

Un mago nunca revela sus secretos. No pregunten cómo está un martillo suspendido en el aire.

Luego de una tediosa mañana tomando fotos mientras paseaba por las calles de Orlando, fue necesario acudir a un laboratorio de fotografía. Pasé cuatro horas revelando las fotos que tomé(malísimas) y no me gustaron. Llegué a la casa y como estoy armando un rompecabezas de 500 piezas le puse una pieza más para mejor ponerme a escribir.

Hoy hubo un nuevo accidente en la cocina... mañana lo voy a describir.

martes, febrero 07, 2006

Viaje al lugar de donde salí en un principio

O como diría Julio Cortázar: La vuelta al día en ochenta mundos.




Si miran con atención pueden ver mi perfil o una mujer recostada tomando el sol con un sombrero. Hasta ahora no había pensado que en mi perfil hubiera una mujer escondida, y menos tomando el sol. Pero basta ahora de sinsentidos.

Fui a Monterrey este fin de semana, me la pasé excelente con mi novia. Estoy en el peso, ya te extraño Magdalena. "Mc-Mal..."

Mi amigo David Verástegui escribió un cuento fenomenal, la última vez que supe se llamaba "Mierda de Quetzal", me dijo que lo podría publicar en letrasyoscar.blogspot.com cuando estuviera listo, de verdad les recomiendo que lo lean. Le quedó increible. Pero como dice él: "Ustedes, seres sublunares, poco o nada podrán entender." No le hagan caso, está medio safado, alomejor por eso escribe tan bien.


Ven, Ven... sí, hazle caso a mi dedo. Mi primito Diego tomó la foto, mis abuelos cumplieron 50 años de casados. Tenía tanto pelo que no me podía peinar, no alcancé a cortarmelo... sólo fui como 60 Horas a Monterrey y tenía que dormir un tercio de ellas. Muy poca productividad, pero estoy seguro de que aproveché bien el tiempo.

Ahí está mi primo Diego, le tomé una foto como fantasma. El puede atravezar paredes y hacerse invisible, cuidado porque a veces lo mando para que escuche conversaciones ajenas y tome fotos en lugares inaccesibles. Saludos Diego.

Bueno, no me queda más que decir... sólo quedo con la esperanza de que alguien lea algo de letrasyoscar.blogspot.com y me de buenos comentarios.